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martes, 3 de mayo de 2016

IN HOC SIGNO VINCES

“En cuanto a mí, ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo!” Gálatas 6:14
-Historia del hallazgo de la Vera Cruz de Cristo
Publius Aelius Hadrianus, Emperador de Roma, hijo adoptivo y sucesor de su tío Trajano, nacido en itálica, miembro de la Dinastía Antonia y de familia aristocrática romana, pertenecientes al orden senatorial, afincada en Hispania en el año 206 antes de Cristo, levanta a su llegada a Jerusalén, en los baldíos terrenos del Monte de la Calavera, un templo en honor a la Diosa Venus.
Aquel lugar que fue santificado años atrás por el holocausto de un inocente, por el sacrificio del Hijo de Dios, volvió a convertirse en lugar pagano hasta la llegada de una mujer, Helena de Bitinia.
La utilización del signo de la Cruz como simbología del cristianismo se remonta al año 312 después de Jesucristo.
Se dice que el Emperador Constantino, alcanzaba las últimas vías próximas a las Puertas de la Ciudad de Roma, a la espera del enfrentamiento bélico con el magno ejército de Marco Aurelio Majencio.
Tan escasas posibilidades de triunfo observaría en aquel momento Constantino que asiéndose a la última esperanza, invocó a Dios nuestro Señor, en aquel momento, según dice la historia.
Vio sobre el cielo una Cruz resplandeciente, mostrando una leyenda:
“In hoc signo vinces” 
(con este signo vencerás).
El día después de ese primer encuentro del Emperador con la Cruz, la victoria fue suya en la batalla sobre el río Milvio. 
Dicen que en agradecimiento por aquel milagro, Constantino I el Grande, ordenó rubricar sus insignias y armas con el símbolo de la Cruz, promulgando en el año 313 el histórico edicto de Milán.
Desde entonces, no sólo cesan las persecuciones contra los cristianos, sino que se les redime de sus cautiverios, devolviéndoseles sus bienes.
Aquella Vera Cruz, donde Cristo padeció hasta morir. 
Aquella Cruz, que fue objeto de persecuciones e instrumento de torturas, se convirtió en el primer símbolo y en la primera causa de libertad.
Años más tarde, en el 326 d. C., la madre del Emperador señalaría un horizonte en su vida, el hallazgo de la Vera Cruz, donde Cristo sufrió martirio.
Así ha llegado la historia hasta nuestros días, fundamentada por la Leyenda Dorada del Beato Jácopo da Varazze, hagiógrafo dominico italiano, que recopiló una gran cantidad de leyendas piadosas, que aparece en el año 1260.
Helena hace demoler el templo que el hispánico Adriano había erigido dos centurias atrás y levanta en el mismo lugar, uno de los tres templos que ordenaría construir en Tierra Santa:
El del Monte Calvario, el de Getsemaní y el del Santo Sepulcro, éste último enclavado en el lugar donde el tío abuelo de Cristo, José de Arimatea, diera sepultura a sus carnes llagadas e inertes.
La madre de Constantino el grande, empleó todos los métodos posibles, hasta averiguar dónde podría hallarse la Cruz donde fue crucificado Nuestro Señor.
Así con el esfuerzo de los hombres que le había asignado su primogénito, localiza y comprueba, el 3 de mayo, cuál de las tres cruces era la milagrosa, la que redime, la que abrazó el cuerpo de cristo en sus últimas y agónicas horas.
Desde ese momento, el símbolo de símbolos del cristianismo, cobró un papel fundamental, por su adoración y por su representación iconográfica.
El 14 de septiembre los ortodoxos celebran la consagración de la Basílica en el sitio donde fue hallada la Cruz de Cristo, en Tierra Santa.
Y la Iglesia Católica celebra este mismo día “la exaltación de la Santa y Vera Cruz”

Irene Gallardo Flores.
Conferencia Hdad. de la Stma. Vera Cruz de Los Palacios y Villafranca.



lunes, 14 de abril de 2014


IN HOC SIGNO VINCES

 Se habían rezado completas en los cenobios y en los monasterios, en las clausuras y en la casa de Dios y de San Francisco.

 Los pabilos se desnudaban de luces y el rumor de las calles se adormecía en los muros del convento.

Un rito que se repetía cada anochecida, cuando en el reloj de los tiempos sonaban nueve tañidos tocando a ánimas.

Desde su hermosa atalaya, la Concebida sin pecado original, habiendo cerrado su libro de horas y uniendo sus benditas manos, derramaba su mirada en la profundidad del claustro grande.

 “La Sevillana”. Resuelta en luna. Hermosa como la misma luz. De rosadas mejillas y cabellos de espuma, patrona  de los fráteres de San Francisco y protectora del lego Sebastián.

 Con la paciencia de la orden que acogió hacía años en Écija, Fray Sebastián de Jesús, acunaba lentamente las llamas de la cera de la iglesia en la casa grande, hasta dejarlas sumidas en un sueño de humo. Una a una, candelero por candelero y capilla por capilla, todas, excepto las veinticuatro lámparas de plata del Perú, que ardían día y noche en honor y devoción a la Santa y Vera Cruz de Cristo.

 Nuestro hermano Sebastián, se encargaba de cubrir de aceite las medidas de las luces, para que nunca se apagase ninguna de las veinticuatro llamas, que en recuerdo del amor de los siglos y de Sevilla, brillaban en las naves de la capilla, para loa y honor ante el Cristo de los de Asís.

 Nadie encomendó en ningún momento a fray Sebastián, aquella diaria tarea, pero él, que con tanto amor y devoción se acercaba a diario al Cristo Crucificado, aquel que visitaban continuamente cientos de sevillanos depositando quimeras y ruegos a sus plantas, supo desde ese primer día que estuvo cerca de Él, que su última morada sería la de su capilla, bajo las losas que los fieles pisaban incesantemente para rezarle en su Vera Cruz. 

 Supo fray Sebastián, que por Él, entregaría la vida a los más necesitados, que obraría el milagro del pan y los peces todos los días del año, una y mil veces.

Supo que él, le daría el poder de curar en el nombre bendito de la Vera Cruz, con una Cruz de madera, de un laurel del convento, que el propio Sebastián haría cientos de veces  y donaría otras tantas, a quienes se las solicitaran.

 Supo nuestro hermano en Cristo, que dejaría ésta tierra en olor de santidad.

 Y supo todo ello, desde aquel día, que fijó su negros ojos en la tez mortecina de Cristo, en sus poderosas manos, en las llagas de su cuerpo y en los labios entreabiertos, que en la soledad de la Capilla y en el silencio del claustro, marcaron al fray el norte de su vida, con un susurro: “Sebastián toma tu Cruz y sígueme”.



Vera Cruz

I

Viste la tarde angustiada,
con terno de verde oscuro,
de muerte y pena tocada
a cuatro hachones desnudos.

Colma de dolor el día
el ruán y el rubio angeo
elevando en Cruz de Guía 
la frágil carne del reo.

Signa la tarde elevada
Jesús clavado al madero
Tu sangre y carne llagada,
(viéndote izado, yo muero),
en Vera Cruz es proclama,
de amor, herido cordero.


II

Silentes filas austeras 
acompañan al Maestro,
El de palabras certeras,
pescador y hermano nuestro.
Llevando como bandera
la Fe en la Cruz, Padre Nuestro,

Hay en el aire un olor
a la sangre derramada,
a las lágrimas lloradas
y a las palabras de amor,
que el Sagrado Leño exhala
en recuerdo del Señor.
Vera Cruz, única escala 
para llegar hasta Dios.

III

Otro año sobre el hombro
la Cruz de tu Vera Cruz,
sintiendo Dulce Jesús
con valor y sin asombro
Tu Divino Magisterio.

Qué gran lección de humildad,
que lejos de ser misterio,
en Cruz se hará realidad.

Muere la tarde a Tus pies
besando el aire de Abril
al tosco Leño que es
la guía de Tu redil.

Bendito seas Señor
por enviarnos Tu luz.
Bendícenos con Tu amor,
Derrámanos Tu salud.

Beso el lirio que es tu flor
en la señal de la Cruz,
y en tu Eterno Cielo azul
me uniré a tu Vera Cruz.
©Irene Gallardo